Pues mira.

— Pues te vas a reír, pero soy virgen.

—¿Crees que tienes que decírmelo? No me debes nada.

—Supongo que tengo que decirte la verdad ¿no?

—Quizá deberías mentir. Como en los currículums.

—¿No te habrías dado cuenta?

—Ay cariño, no ser virgen no te de da el carné de manipulador de alimentos, ni nada. Ni te imaginas la de flipados que andan por ahí sin tener idea de lo que hacen.


Creo que nunca había pestañeado tanto en toda mi vida. Por poco no echo a volar. No es que quisiera decírselo, no quería romper el momento, pero seguir evitando esta conversación empezaba a quitarme el sueño. 

 Cerraba los ojos y allí en los párpados aparecía ella. Sin sujetador, ni ropa interior. Con las manos cruzadas. 

Yo le decía que tenía que irme. Que quería salir a la calle para ver si llovía. Que quería ver la última de Amenabar. O Almodóvar. Que quería irme a cazar pokémons. Que tenía que poner una lavadora de color.


No podía seguir pasando las noches así. Me enredaba por la montaña rusa de su pelo y no podía pegar ojo porque no quería mancillar su imagen. 

Por la mañana me la encontraba bajo mis pestañas. En bata, con las piernas cruzadas y sin sonrisa. Tomando café con la mirada perdida y una colilla a medio apagar. 

 En algún momento tenía que decirle la verdad aunque partiera el retrato que le había pintado sobre mí. Era eso o tener que gastar mis ahorros en dormidina.


No podía seguir así, por lo que hoy parecía un buen día para quedarme en ropa interior.

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