Sara
Sara tenía nueve años cuando murió. Era la gata de mi madre y llegó a casa cuando yo era un enano. Ser una gata en los noventa le dio la oportunidad de dar a la luz varias veces hasta que, tras la cuarta camada, se decidió castrarla como ahora es popular y a veces obligatorio.
Era una gata horrible. Inteligente, ingobernable, caprichosa. Aprendió que tras cada parto, sus cachorros desaparecían. Aprendió, pero para su pena, cada nuevo escondite se delataba por unos finos y hambrientos maullidos.
Sabía cómo abrir las puertas del salón, lo que más de una vez me hizo dar un salto del sofá al creerme solo en la casa y ver abrirse la puerta del salón sin nadie a la vista. Así, hasta que miraba a las baldosas y veía su figura hacerse un hueco en el sofá.
No cedía un milímetro más abajo de la cabeza para ser acariciada. No era desagradecida, solo maniática. Eso sí, durante el invierno y sin saber de dónde, aparecía para esconderse en las enagüas junto a mis piernas.
No llegué a encariñarme de ella hasta que pasó una noche entera vigilándome mientras iba y venía del baño. Así son los infortunios de un joven cocinero que aún no sabe reconocer un huevo podrido, y supongo que solo por echarme un ojo y ver si algo pasaba durante la noche, su parcela del día, me hizo creer que quizá le importaba.
Pocas veces salía por la puerta de casa, hacia la calle y la carretera. El barrio cada vez era más transitado. Empezaban los dosmiles y ya cualquiera se había hipotecado por un coche, con lo que había más mucho más tráfico y menos aparcamiento libre. Años atrás yo jubaba al fútbol de acera a acera.
El patio trasero era su auténtico hábitat. Patios conectados por altos muros únicamente transitados por los gatos del barrio, bajo la mirada de odio de los perros. Desde pequeño, uno de mis matarratos era dar a las trastiendas de las casas para espiar los patios. No hacía mucho más pero me gustaba pensar que nadie podía llegar hasta allí.
Aún así el mundo posterior le llamaba la atención y de vez en cuando salía, en alguno de nuestros despistes hasta que pasó lo que temíamos y un coche simplemente se puso en marcha sobre ella. No recuerdo cómo la encontramos o qué sucedió. Solamente el momento de estar en casa esperando el veterinario entre lloros y bufidos. Parecía más grave de lo que nos habían dicho a primera vista.
En unos momentos crecí 5 años. Sara no entendía por qué estaba herida. Así que atacaba aquello que pudiera provocarle cualquier daño, por imposible que fuese. Más parecía un avispero en pie de guerra.
Uno no se hace veterinario para luchar con gatas malheridas. Allí se quedó anonadado mientras las zarpas cubrían todo el espacio que rodeaba al animal. Esas garras las conocía yo muy bien. Me habían marcado durante años. Me enseñaron cómo es su carácter. Que realmente no hay una intención más allá que la de protegerse. No haber tocao. Es su carácter y si tú tuvieras que lidiar con un selva de gatos en los patios traseros de las casas, abandonados por sus dueños ya demasiado mayores, tampoco dejarías un atisbo de posibilidad. Y con esa mala garra se zafó. Una gata que apenas podía moverse, medio cuerpo paralizado, arrastrándose por las rejas que daban hacia abajo. Mi madre lloraba angustiada.
Vi que uno no se hace veterinario para caminar sobre las tejas de una vieja casa. Para mí, fácil. Intentar agarrar una felina furiosa no tanto. Aún me alegro por reaccionar y coger unos trapos para poder agarrarla. Mis manoplas del horno, mis guantes de electricista. El cable rojo. Ahora sabía lo que tenía que hacer, lo que todo aquel que se enfrenta a una cobra sabe tras acumular cicatrices. Con una mano llamé su atención, con la otra le tiré los trapos sobre las patas delanteras y la envolví. Aún vencida no paraba de bufar y luchar.
Como quien carga una bomba armada volví al balcón de mi casa, el veterinario, que no esperaba algo así al llegar, recomendó seguir con los trapos para que él la observara. Mi madre empezaba a calmarse y yo apretaba con cuidado los hombros y el cuello de Sara para que no se revolviese. El veterinario puso las drogas, la receta y la duda. Esperemos que se recupere y se fue.
Cuando nos recompusimos, mi madre no podía mirarme demasiado. Nos dimos cuenta de que Sara había dejado soltar sus heces y nosotros teníamos los pantalones manchados de agarrarla. Mi madre estaba blanca y yo solo buscaba la siguiente acción. Pero no había más. Simplemente dejamos que Sara durmiera en su cama y nos limpiamos.
Mi madre no pudo hablar en toda la noche. Nunca la había visto tan apagada. Es un momento difícil ver que tu madre pasa por momentos duros. No recuerdo qué cenamos ni si hablamos cuando llegó el resto de la familia. Antes de dormir se acercó para decirme que estaba orgullosa de cómo había reaccionado cuando Sara se escapó y lo bien que lo había hecho con los trapos. Nunca me había dicho nada así, de igual a igual. Me lo agradecía de verdad. Con orgullo. Guardo con mucho cariño esas palabras.
Sara no quiso luchar más. El día siguiente simplemente pasó y no quiso luchar más. Se ha cansado, no puede seguir. La primera vez que escuchaba algo así, el momento en el que alguien se da cuenta de que la vida ha podido con él.
Ese día el veterinario hizo su trabajo.
Sara sigue con nosotros. Ahora descansa bajo el huerto del patio, donde juegan los nietos, Nillo muerde cada palo y Nicolasa duerme la siesta.
Comentarios
Publicar un comentario