A mi cruz le pongo velas

 

Rogelio solía despertarse con las primeras luces del alba. Ya habían pasado tres inviernos desde que el gallo de la vecina pasó a la cocina y aún creía escucharlo algunas mañanas. 

No tardaba demasiado en salir de la cama. El frío le entraba en el cuerpo por los pies, por eso siempre empezaba a vestirse por los calcetines. Era la única prenda que variaba durante la semana. El resto, pantalones rectos y camisas sencillas como sus pañuelos.

Como cada día, Rogelio dejaba la cafetera al fuego lento de la estufa antes de empezar a acicalarse. Tampoco le requería demasiado. Normalmente se afeitaba cada dos días pero últimamente apuraba alguno más. De mozuelo se dejó un pequeño bigote, para darle algo de alegría a su tez, pero no le acabó de convencer. No era un hombre que disfrutara de otros géneros. Muy atrás se quedaron esos días en los que pretendía mostrar buena apariencia, "para acompañar", se decía a sí mismo.

Pero la rutina le había cimentado un muro que no le dejaba sorprenderse por las lágrimas durante los entierros. Quizá alguna tragedia más inusual, o una criatura que se había desgraciado joven, un viejo amigo al que le llegó su momento, un antiguo interés... le hacían llegarse a la cantina del pueblo a ver a Manuel... pero poco más.

Lejos de la ciudad, donde se empezaban a oír historias de televisores a color, él aún conservaba el reloj de su primera comunión. La varilla que daba la hora se congeló hacía tiempo y el minutero se trastabilló en una mala caída, pero el segundero se conservaba intacto y con eso le era más que suficiente para controlar su jornada. De cualquier modo, no tenía más clientes que una nueva hilera en la que comenzar una sepultura.

Cuando el segundero hubiera completado cinco vueltas, la cafetera rompería a silbar. No necesitaba más en la letrina. El café recién hecho era lo único que lograba competir por unos minutos con el olor a polvo y eso le calmaba un poco la quietud de la mañana. Pasó por delante de la ventana, atravesando las agujas de luz que creaban las rendijas de la persiana y rellenó el termo de puro café negro antes de salir.

Junto a su casa, en el almacén, conservaba sus herramientas contra la humedad. Picos, azadones, rastrillos, carretas y palas. Una pala era la única herramienta que necesitaba para trabajar aquel día. Aunque solía usarla con frecuencia, no era su favorita. Tenía demasiadas astillas y el filo ya no cavaba como antes. Ya tenía muchos jornales en su haber, demasiado entierros: prematuros, esperados, desalentadores, humillados, amargos...Sin embargo, su sustento no le daba para mucho más.

Por eso apretaba la mandíbula y evitaba su mirada antes de cogerla. La pala sabía que con lo que ganaba no podría sustituirla. Era la única herramienta con la que ganarse los garbanzos. La miró un instante antes de cogerla por el asa y llevársela al hombro.

Acababa de amanecer cuando echó a andar hacia el ala oeste del cementerio con el pensamiento de todas las mañanas, de que la misma pala que le daba su jornal, algún día, lo enterraría.



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