Despierto y no veo el ventolín
El ventolín y yo somos uno de los peores dúos cómicos. Ninguno tiene puta gracia.
Quiero que sea mi apéndice, implantármelo en la muñeca como si fuera un gadget, un arma de Batman, el iventolín, mi complemento favorito para la temporada primavera/verano. Pero de momento debo seguir luchando contra el incipiente alzheimer y no dejarlo solo en casa como Kevin. Pero aun con eso a veces se me olvida tranquilamente en la mesita de noche y su ausencia me coge del pecho, me aprieta los pulmones y me recuerda que sigo vivo gracias a él.
Ese botecillo azul humilde se presenta a las elecciones.
Ana y yo solíamos tener varios por todos los rincones del piso. La duda era encontrar alguno que no estuviera vacío ya que, además de jóvenes e idiotas, éramos fumadores y asmáticos. Todo mal. Yo solo tengo una temporada jodida pero ella llevaba la condena todo el año así que, en una carrera trotando a muy muy larga distancia, yo habría acabado ganando tarde o temprano.
En primavera me acuerdo mucho de las noches en las que Ana se ahogaba y no había ventolín con carga. Aguantaba horas con la respiración a medio gas y yo me quedaba dándole golpecitos en la espalda para “intentar” abrirle los pulmones, esperando el alba hasta que abriera la farmacia. Podíamos pasar horas así, los dos en silencio. Recostada sobre la cama, respiraba directamente del bote vacío con los ojos cerrados y yo, solo podía observarla en el borde para comprobar que estuviera bien. Ella sobreviviendo y yo en vela.
Se enfadaba mucho cuando le decía que tenía que dejar de fumar (o al menos comprar más putos ventolines, joder) pero no quería o tampoco tenía mucho empeño. Nos encantaba ser una pareja de bohemios, leer libros intensos a siete cigarros a medias, discutir de madrugada, discutir sobre cómo se podía arreglar un mundo roto... Así que no pensaba doblegarse por ningún motivo. Cabezona.
Esto va a sonar raro pero a veces tengo la sensación de que sabía que iba a morir joven y por eso vivía con esa ansia. Que le gustaba esa muerte romántica de Janis Joplin, Kurt Cobain… no era nada premonitorio, solo era una flipada, vamos... Tenía 19 años y mucho talento. Es normal. Inaguantable, pero normal. Luego recuerdo que escribía sus frases favoritas de libros y poemas en cuadernos que, algún día, esperaba enseñarle a su futura hija…
Me he prometido que hoy no dejaría el texto a medias. Como la canción que nunca termino de ti.
Al final no fue el asma. Ni sé si dejaste de fumar. Es una mierda la muerte en silencio. No te vi pero sí tuve que despedirte millones de veces. En facebook, en las noticias, en otras raperas, cada vez que entro a Granada… Te veo y te despido. Yo, que odio las despedidas, estoy diciéndole adiós y que espero que nos veamos pronto, lo he pasado genial, a ver si nos vemos más, un abrazo, escribe cuando llegues… a todos y cada uno de los árboles de un bosque. Moriste en silencio pero tu luto fue una cabalgata.
No quiero que nadie más se muera, idiota. Flipa esa frase ¿a que sí? Menudo deseo.
Mi compañero de piso del erasmus se suicidó unos meses después de volverse a Boston. Yo lo descubrí por los mensajes de despedida en su timeline de Facebook. Cuando lo conocí me encontré a una persona muy deprimida y muy sola, y yo, que conozco bien ese pozo, empecé a beber con él para ver si podía animarle (era Irlanda, no había muchos más planes). Ni siquiera me caía demasiado bien. Era puro U. S. A. Comía como tal y relataba historias normales de forma hollywoodiense. Puro.
Solíamos beber pintas de Guinness y chupitos de Jameson como único hobby. Hablábamos, hablábamos de muchísimos temas y cogimos la confianza del extraño confidente que no te juzga. Como el sacerdote oculto tras la cortina.
Me contó que había viajado a Irlanda por amor y que allí descubrió que ese amor tenía un marido. No sé si ella se lo ocultó, o cómo ocurrió, la verdad (bebíamos mucho) pero ese hombre cambió de país por amor para finalmente compartir piso y cerveza con un chaval 15 años menor que él. Podía entender su tristeza. Unos meses después mezclaría pastillas y Jameson y se iría en silencio.
No quiero que nadie más se muera. Una chorrada de idea pero ahora creo que me preocupo demasiado por los demás y solo me falta pedir revisiones de orina a mis amigos.
Hace unos años me dijeron que cabía la posibilidad de quedarme postrado en la cama, o en una silla de ruedas debido a un hernia en una vertebra del cuello y para paliar el dolor cervical me recetaron tilas. Tilas.
Meses después otro médico (con más diplomas en su haber) desechó esa idea y logré salir de un pozo en el que veía la muerte como un vecino con el que charlas en el pasillo pero del que no conoces su casa. Al final, y por suerte, la parca se mudó de barrio pero el miedo se alquiló un pisito frente a mi terraza.
Imagino que por eso me obsesiona la muerte y sin embargo, si pudiera preguntarle algo a una persona que sabe que va a morir pronto, me quedaría en blanco. Pero desde que murió Ana, empecé a pensar de otra forma. Quizá era una de las personas que más hacía por vivir y, joder, yo que tengo la oportunidad, como el niño introvertido al que le pasan el balón frente a la portería y falla por puro nerviosismo, a veces no sé qué hacer. Me prometí que viviría todo lo que pudiera pero, joder con la vida. La vida pasa todo el rato.
Hoy me prometí terminar este texto sobre ti y ahora me toca ir acabando.
La verdad es que no sé cómo hacerlo. Hoy pensé que ya no podía postergar más esto. No creo que te eche de menos, ya te había olvidado en su momento, aunque me gustaba compartir cosas contigo y ojalá vieras lo que hago ahora. Pero acepto que las cosas han pasado así.
Debería tener una conclusión más allá. Pero creo que no la tengo. Supongo que no debe haber una. El hecho de escribir ya es luchar contra la muerte, supongo.
Que no haya una muerte en silencio ¿Esa es la conclusión? ¿Tener ganas de vivir porque sabes que te vas a morir? La putada es que vivir no es gratis y la muerte sí.
Supongo que no hay una buena conclusión en la muerte.
Creo que nunca podré terminar este texto como yo quiero. Ojalá nadie más muera en silencio.
Despierto y no veo el Terbasmin, sin Terbasmin no puedo respirar
Si despierto y no veo el Terbasmin
Lluvia púrpura de Prince es mis bronquios
Me recuerdan de qué tengo que morir tarde ó pronto
El Sicario - Inocencia.
(Ella solía cantar este trozo a menudo)
Ilustración: Yre Garabatos

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