Hombre de paja (I)

La calle en la que Selu desayunaba un café con un cigarrillo estaba vacía y fría como de costumbre al alba. La mayoría de personas aún no había salido de entre las mantas, sin embargo, en unas pocas horas aquella zona estaría llena de transeúntes y trabajadores. Con estos contrastes se vive en las calles comerciales del centro, pensaba, a deshoras estaban tan vacías que verlas así, le daba cierta quietud a la mañana.

Selu tosía con desgana mañanera. Hasta su segundo café no empezaría a tomarse en serio el día. Una pequeña necesidad que camuflaba una adicción que aún podía costearse. Aún le quedaban unos quince minutos antes de abrir el banco, minutos de los que no pensaba prescindir. Miró el móvil con poca esperanza de encontrar un Whastapp de buenos días, suspiró y volvió a entrar a la cafetería tras tirar la colilla al asfalto.

Dejó atrás la humedad de la madrugada y volvió a su mesa de siempre, en la que no veía la calle, sino el televisor. Las primeras noticias de la mañana recogían las peores noticias del día anterior. Bombas, ajustes, desaceleraciones. La palabra crisis lo impregnaba todo, y por consiguiente, a todas las personas que allí se encontraban. Plataformas de desahuciados gritaban “Sí se puede, sí se puede”. Él esbozaba una sonrisa forzada porque sabía que esas proclamas, no servían de mucho. 

Terminó las últimas gotas del café y con el gesto torcido del amargor, en tres actos, dobló la cabeza, se llevó las manos a las rodillas y se incorporó para ir a la barra a pagar.


—Lo de siempre.

—Gracias.

—Perdona — Selu no esperaba más interacción así que se giró torpemente de nuevo hacia la camarera.


—Tienes un poco de ceniza en la corbata.

—Ah, bueno. — respondió mirándose la corbata e intentando limpiarla con los dedos.


De todas formas ya no iba mucha gente al banco y la poca que venía, ya no traía más que malas noticias. Le trataban mejor si veían que incluso el que les atendía se encontraba en malas condiciones.


Salió de la cafetería y llegó a las rejas del banco a las 7:58. Código de seguridad, saludo de buenos días al resto, calentarse las manos junto a la estufa. La rutina tenía el sabor de siempre. Posos del café.


Los primeros clientes del día. Los primeros traían las peores caras. Por lo general, su trabajo era bastante sencillo:


Una mujer. Mediana edad. Por el bolsillo asomaba la esquina de un pañuelo usado.

—¿No podrían retrasar los pagos de estas facturas un mes más?

—No.


Un señor. Bien vestido. No había dicho ni buenos días.

— Llevo quince pagándoles, ¿no pueden hacer nada?

—No.


Una chica. Intentaba mantener una sonrisa de esperanza cómplice.

—Mire, mi padre no tiene más. Me dijeron que con este papel recibiría la ayuda.

—No.


Ya había logrado que no le temblara la voz. Si él no decía “no”, su jefe diría “no”, o el banco diría “no”. No era él quien hablaba. Su boca producía un sonido que él no había escrito. Y esa sílaba era capaz de mandar a la gente a la calle, a determinar si los ahorros de toda una vida no valdrían para nada. 

La mayoría luchaba. Era inútil. Para el banco no valía de nada que estuvieras allí desde las primeras mil pesestas que te regalaron en la comunión. Ni que me gritaran que se iban a cambiar de entidad. Al banco le da igual que se vaya alguien con mil euros en la cuenta. Ni te imaginas lo poco que le importas, le gustaría decir. Algún día se le escaparía. Pero de momento no aunaba ese valor.


Así la mañana, con el sabor de siempre, cuando una mujer llegó callada y más cabizbaja de lo normal.


—Buenos días. ¿en qué puedo ayudarle?


Tardó en contestar unos segundos, parecía temblar un poco aunque llevaba un abrigo enorme. No llamaba demasiado la atención salvo por sus enormes ojeras. 

Las ojeras dicen mucho de una persona. Dicen en qué trabajas. Si tienes hijos. Si tienes dinero en el banco. Todo esto no lo sabía de forma consciente, es ese “algo” que detectas cuando una característica te inquieta en los huesos.

—¿Perdone?

Finalmente la mujer suspiró y miró a Selu a los ojos.


—Si no me das todo el dinero que tenga el banco — contestó sin tartamudear ni llamar la atención al mismo tiempo que sacaba una pistola del fondo del abrigo y la dirigía hacia su sien — me pego un tiro ahora mismo en la puta cabeza.

Y Selu se quedó mirando el arma con la boca cerrada.

Comentarios

Entradas populares