En tu casa amanece más a menudo

Abre los ojos desnudos al sol. No le hace falta alarma, prefiere dejar entreabierta la ventana. Tiene un pequeño fundido a negro que acompaña con un bostezo y se queda pensando en las motas de polvo flotando. La persiana deja pasar cuchillos de luz, afilados hasta el mármol, que contrastan con sus ojeras de buenos días y malas noches.


Tras escuchar a la vecina encender la radio, comienza la procesión en tres actos. Negación, resignación y alzamiento. Toca con la planta de los pies el suelo, lo suficiente para que el frescor le llegue hasta las raíces del cabello. Ese frescor sabe a gloria en verano. En la mesita de noche tiene una foto con Carmen, una figurita de los Simpson y un antiguo post-it: “En tu casa amanece más a menudo”. Lo mira de reojo pero hoy no tiene tiempo de seguir pensando en quien lo escribió.



El canario de la vecina pía por la ventana del baño. Deja abrir las cortinas para que entre la mañana y se sienta cinco minutos en el váter. Ese momento de meditación matutino en el que te replanteas ir a vivir a una caravana en el desierto de Almería y poder abandonarlo todo. Recuerda que sigue teniendo dignidad y que no podría vivir sin una bolsa de Jumpers por lo que se incorpora a la rutina por fin. Segunda decisión vital del día.


En la cocina prepara tostadas con mantequilla. Desde el frutero le observan unos limones que trajo su madre del árbol de casa. No piensa usarlos pero le gusta tenerlos de adorno, así, con muy poco tiene un trocito de su infancia en la cocina. Le divierte la idea de que es como tener un álbum de fotos olfativo y ademas, huele mejor que el popurrí.


Antes de llevar el desayuno a la mesa, tira las colillas de anoche. Aunque quiere dejarlo, no se da por vencida. Mirando las noticias se acuerda que Cristina aún no le ha contestado. Aprieta el dedo pulgar del pie y le envía unos emojis para ver qué responde o, al menos, para que ella sepa que ahí está para lo que necesite. 

Con un vestido corto, de lunares como soles, mira los post it en la puerta “cartera, móvil, tabaco, llaves” y sale por la puerta al ruido de la calle.


40 grados en la avenida. No se puede respirar. Se plantea coger el autobús pero no quiere esperar. Llama a un taxi que pasa en ese momento, un poco más lento ya que el semáforo ha cambiado a ámbar.


— Buenas tardes.

— Muy buenas. A la calle Tulipán, 5.

— Enseguida. — contesta el taxista antes de dar un sorbo a la Fanta.


Es un viaje largo, lo sabe. Pero llega tarde.

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