Entre tambores



El polígono estaba vacío. No era un jueves normal. Lo normal en Baena por esos lares eran los grupos de chavales bebiendo marca blanca del Mercadona. Pero esa noche, no. Lo único parecido a algo de humanidad, desgraciadamente, eran los coches que pasaban a 85 kilómetros hora por la avenida con electrolatino a todo lo que daba el subwoofer.


No era una buena noche para hacer botellón. Un jueves santo no es día de hacer botellón. Ya lo sabíamos.Teníamos alguna esperanza de no ser los únicos apestados de la Semana Santa, que habría otros lejos de las tascas del casco antiguo. Pero no.


Juan fumaba dos cigarros por delante. La mirada fija en el fondo de la calle, en sus adentros deseaba que en algún momento el electrolatino diera a paso a un chirriar de frenos, un estruendo, un derrumbe, quizás alguna explosión, mientras se llevaba el vaso de plástico al gaznate sin abrir la boca más que para ese momento. No podía esperar gran conversación de él. No era su fuerte. A él le gustaba que la conversación le llegara como el repartidor al portero del bloque.


Ambos debíamos mantener el mismo ritmo. Así, tras cuatro o cinco vasos, la soledad y el rechazo de la manada se calmaba un poco y el whisky barato le ganaba la batalla al rechazo. La esperanza de la noche recaía en aguantar ese sentimiento de euforia embriagada hasta que el resto del grupo terminara sus procesiones y poder beber con el señor Jesucristo como telón de fondo.


Con el último buche empezamos el éxodo hacia el pueblo. Por el camino comentábamos entre risas otras borracheras. Eso es lo mejor que hacen los borrachos, hablar de cuando estaban borrachos. Como los fumetas solo hablan de marihuana y los cocainómanos de la vida.


Seguíamos por la avenida donde se encuentra la frontera entre el pavimento y la primera vereda de olivos - ahora sin frutos- con rastros de botellas rotas a su alrededor, perfectos como orinales en los que no molestar a ningún vecino. La noche anterior había llovido un poco y la tierra se conservaba húmeda, pero el olor era agradable. Lo recuerdo tanto, y cómo pasó rápido a ensuciarlo el de la orina que tuve que girar la cabeza hacia un lado.


En ese momento Juan exclamó con deje balbuceante:


“¡Iyo, cómo huele!”.


“¡¿Qué dices?! ¡Si estoy meando lejísimos, iyo!. ¡Qué te va a llegar!” - grité a medio pulmón.



Ni me oyó. Encendió otro cigarro para enmascarar el tufo mientras yo me acercaba y me percataba de la peste. La verdad es que me era familiar. Siempre que venía un forastero a Baena dejaba caer el comentario. Nosotros no solíamos darnos cuenta. Restos de aceituna quemada proveniente de la planta de quemado.


Olor a alpechín. Pero este era diferente. Podías darte cuenta de que olía especialmente peor de lo normal. Tu nariz no te va a engañar y sabe perfectamente cuando esas lentejas llevan quince minutos de más y ya no podrás desprenderte de esa mancha en tus orificios. Pues ese “se ha jodido, tío” estaba en el aire, pero podías librarte de él con un cigarro. Al menos la planta de quemado estaba en la otra punta del pueblo y a nosotros nos llegó solo un atisbo de náusea.



Más tarde, mientras llegábamos al centro, me di cuenta de las manchas de alcohol en la camisa. Meh. Donde terminaba la procesión estaría casi en penumbra y sinceramente todo el mundo estaría asquerosamente borracho. En cualquier caso decidí cubrirme la mancha con el gesto de sostener la copa.


Cerca de la estatua del Virrey del Pino había varios grupos: una pandilla de chavales con ropa cara, cuatro trajeados desparramándose a carcajadas, un grupo de chicas apretadas en un banco chillándose y unos cofrades muy mayores, vestidos con túnicas moradas. Uno de ellos parecía mucho más borracho que el resto y dejaba caer el vino por el suelo. Juan pasó cerca de las chicas, sin mirarlas y dando una fuerte calada al cigarro. Era su manera de ligar. Yo hice lo propio y seguimos hacia la cuesta del casco antiguo.


Era una calle de asfalto empedrado, con gran agarre para que puedan subir ahora los coches, y aceras muy pequeñas a los lados. Ya se podían escuchar a lo lejos los primeros tumultos del gentío cofrade. La última procesión de la noche daba paso a la primera del alba y en las pequeñas tabernas improvisadas, los baenenses descansaban los pies con una cerveza o un cubata en vaso de plástico. Lo poco donde nosotros podíamos encajar durante la santa semana.


Para llegar hasta el cuartel de nuestros amigos debíamos pasar cerca de la muralla, uno de los lugares más concurridos hacia las iglesias del barrio. Unas décadas atrás por ahí mismo se mataron a tiros republicanos y falangistas.


Abarrotada por el circular del paso y la gente amontonada en las estrechas aceras, la calle era un auténtico cuello de botella llena de gritos de júbilo a la virgen, la cual - hasta la fecha - siempre había ignorado sus vítores con lágrimas en la cara.


A nosotros no nos importaba demasiado cruzarnos entre las procesiones. El truco era seguir inhalando mientras pasabas con decisión para evitar las devotas miradas que pretendían apuñalarte con desprecio social. “¿Pero bueno?” Mientras con un pequeño empujón te escurrías entre dos devotos. Tenías que apretarte tanto que olías la mezcla de colonia y sudor.


Al pasar entre la espalda de un chico y la fachada de una casa alguien me golpeó por la espalda. Sabía que podía pasar, la verdad, porque la mayoría de aquí tiene muy poca paciencia para ser penitentes pero al darme la vuelta me sorprendí porque no encontré una cara llena de odio delante sino una espalda que se precipitaba sobre mí. Un hombre vestido de domingo se me habría caído encima si no hubiera tenido un poco de reflejos, por lo que cayó contra una chiquilla no más mayor de 12 años, creo que era prima de Agustín aunque no tengo ni idea.


Junto a ella, su madre no miraba más que a la virgen. Los lloros de su niña no superaron a los de su madre hasta que el padre que estaba detrás se dio cuenta que su hija no era un señor con sobrepeso, por lo que golpeó al susodicho para poder liberar a su hija.

Al final todo terminó como es tradición. Vasos volando, gritos, golpes mal dados, gente zarandeándose, brazos cruzados, puños al aire. Una trifulca en el peor sitio posible. Antes de que me lloviera el primer cigarro al aire, Juan me había agarrado de la camiseta para sacarme de allí.


“Putos subnormales, iyo”. - dijo Juan molesto pero satisfecho de cubrirme las espaldas. “No puedo ni respirar, tío”. Caminaba de lado para pasar entre la muchedumbre hasta que los dos nos dimos la vuelta al mismo tiempo al momento que escuchamos un grito al fondo de la calle que desgarró el silencio.


Esa trifulca ocurrió en el peor momento. Mucha gente podría haber corrido si no hubiera estado atrapada por la pelea. Lo normal en este tipo de peleas es que haya algunos locos que quieren pegarse sin sentido, una parte que huye despavorida y una gran parte que en principio parece que va a unirse pero que en el fondo no deja de ser más que un vaivén.


Pensé que había otra pelea más al fondo de la calle, y que se había ido de las manos aún más. Que había fuego, quizás alguna navaja, alguien atropellado. Eran demasiados gritos para una pelea. Iyo, iyo. Al ver cómo una avalancha de personas intentaban cruzar por encima de otro crepitar de gente, me asusté.


El susto no es el miedo. Este es el que te paraliza por no entender qué ha pasado. El shock te deja idiota, viendo como se acerca el autobús. Como te viene la pelota a la cara. Como tu pareja va a cortar contigo. El miedo te ofrece un trailer de lo que temes. El susto no deja que te muevas.


Dejas de respirar y el mundo no huele. El ruido te ciega y el movimiento te nubla. No sabes cómo puedes ver cuerpos apilados de ese modo hasta que un momento te centras en cómo uno de ellos se lanza a bocados con todo su ahínco hacia la cara de otra persona. Ese va a venir hacia ti. Por un segundo crees que eso no se va a acercar a ti. Un muro, una piedra. Quizá era mi mente la que veía algo así. Son las copas que me había tomado. Una reja. Una reja por la que subir. Corre. Ya.


No me quedé a averiguarlo.


La gente tropezaba y me atravesaba a tirones pero mi muñeca aguantaba los asaltos. No te subes ni de coña. Debí abrirme la muñeca mientras me subía a uno de los balcones. Puede que las dos, pero una no la he vuelto a recuperar desde aquella noche. Desde arriba seguí viendo lo que no podía entender. Un grupo de personas cargaba contra otras personas a su paso con rabia inhumana. 

De cabeza, con la mandíbula totalmente abierta, mordían donde aterrizaban. Muslos, muñecas, nuca. Cualquier zona. Dios mío. Después se abrazaban al cuerpo como un cepo y la víctima no podía correr. No se derramaba la sangre que esperaba, pero tampoco podía ver claramente, aún así los gritos me decían lo que pasaba.


Delante del bar, un grupo de chavales vestidos de judíos se defendía con sus baquetas de los atacantes. Los recordaba de la discoteca. Uno de ellos consiguió atravesar el paladar de uno de ellos. Después de le dio una patada en la cintura y logró tirarlo por la baranda de la muralla. Cuando se giró encontró a dos que se lanzaron hacia él.

Otros golpeaban con sus tambores mientras lanzaban gritos de auxilio. Cerca de ellos un gitanillo con el que me había cruzado alguna vez sostenía un taburete en alto mientras se encaraba a un grupo de cofrades cubiertos de sangre las túnicas. Fue muy valiente. Junto a la esquina, en lo más alto de una ventana, un anciano cantaba una seta ajeno a la realidad que yo presenciaba.


El grupo de chicas de la Carmela subía por las copas de los naranjos dejándose los vestidos por el camino. A una de ellas la agarraron por el tobillo, de un tirón la bajaron y se chocó la cara contra una rama por lo que no llegó con fuerzas para resistirse. Se la va a cargar. La Pili y la Pelagatos chillaban e intentaban agarrarla del pelo para poder sostenerla. Nada podía hacerse. Una de ellas se cayó intentándolo. El resto no tuvo mucha más suerte. Los naranjos no eran muy altos y solo una de ellas pudo saltar hacia un balcón, caer sobre las macetas y protegerse por el momento.


El paso de la virgen se llenó de personas intentando escalar por la figura. La escena era horrible. Decenas de esos monstruos se amontonaban alrededor contra los penitentes intentaban defenderse. No tenían gran cosa para ello así que por desesperación, se empujaban los unos a los otros para evitar ser ellos quienes acabaran con las tripas fuera. No duraron mucho y la figura de la virgen quedó perdida en una escena terrible de cadáveres que tras unos minutos volvían a la vida. Las flores, pisoteadas, se camuflaban con la sangre salpicada sobre la orfebrería y el blanco manto de la virgen. Madre mía.


Escuchaba los gritos de dolor y de auxilio. Las cornetas dejaron de sonar. El olor seguía ahí, el del incienso se camuflaba con el alperchín, el cual rodeaba todo y casi asfixiaba. De ahí en adelante, solo olía a sangre. Pude encaramarme a lo más alto de las rejas de la ventana antes de que uno de esos cabrones pudiera agarrarme la pierna. Perdí la zapatilla en el alféizar y llegué a tocar el canalón por el que me subí al tejado. Cuando llegué al tejado calculé bien mis movimientos porque no sabía si esas tejas llenas de moho aguantarían mi peso. Los pulmones me ardían y no podía dejar de temblar. No me atrevía a mirar abajo.


Juan. Lo vi saltar al capó de un coche pero no sabía nada más. Era imposible reconocerlo en esa escena. ¿Lo llamo? Pilares de personas se amontonaban intentando zafarse. Ya fueran vivos o muertos. Todos querían moverse pero era imposible, no había espacio para tanta carne. Imposible encontrarlo. No sé. Joder. No lo sé...

...


Ya ha pasado un año. Estamos acostumbrados a dormir poco, comer mal y beber cualquier cosa. Pero nadie se ha acostumbrado al puto olor del alperchín. Nadie sabe muy bien cómo empezó todo esto, porque los no-muertos, o los no-vivos, los muertos de hambre al fin y al cabo siguen ahí, comiéndose todo lo que encuentran a su paso. Está claro que ese olor infernal ha tenido algo que ver.
 

Yo he tenido suerte, esta familia me admitió en el clan. No les he perdido el respeto y me gusta como se buscan la vida. No sé cuánto tiempo aguantaremos aquí. El barrio es pequeño, olvidado, las casas son altas pero antiguas y aunque estamos en lo alto del cerro, no sé si podremos continuar aquí cuando lleguen. Cuando lleguen esas hordas, organizadas, comandadas por el que volvió de la tierra de su padre. No es un salvador, al menos no de los vivos. Jesucristo, nuestro señor de todos los muertos... vivientes.

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