De mi nombre (que no es un nombre)
De chaval, los ratos antes de la cena eran los pocos en los que pasaba algo de tiempo con mi tocayo padre. Veíamos juntos la televisión y charlábamos de todo un poco entre anuncios de Sangría Don Simón y el Telecupón de Carmen Sevilla. A veces eran temas importantes, a veces era solo porque “mira, es que antes la gente iba en burro por la calle y no hacía falta tanto chisme”.
Fue en una de esas charlas triviales cuando surgió el tema de nuestro nombre y la razón por la que se cambia comúnmente, sin saber porqué, de José a Pepe. Bajo una historia de monjes escribas, manuscritos donde tenían que ahorrar tinta y poca épica, fue como supe que mi nombre no era más que la concatenación de dos consonantes repetidas. PP - Pater Putatibus - y que así se llamaba a José; padre - pero no - de Jesús.
Si notas cierto rencor en mi explicación puede que se trate de que tú, lector o lectora, poseas un nombre de varias consonantes y vocales diversas, como por ejemplo Ernesto, María Angustias o Igor. Ni que decir tiene si encima eres de la realeza, que quizá incluya hasta una preposición. Pero más o menos, seguro tiene un origen o un significado más digno que el ahorro de tinta.
Mi resquemor nace desde chico y continúa de momento sin cambio (salvo algún altibajo que explicaré más adelante). Desde que un profesor de francés me llamaba Jose aunque yo lo escribiera con una buena tilde en los exámenes (es José, joder...es viejo y no me gusta, pero ya que estamos, al menos que lo digan bien).
Y claro, los numerosos chistes de Pepito Grillo o un sinónimo de genital femenino que supongo que proviene de "pepita", por las pepitas de la fruta, porque si no, no sé, chico. También la de aquella novia que se negaba a llamarme Pepe ya que le parecía poco y de ahí que me llamara por mi apodo, y bueno, a mí siempre me pareció raro.
Hasta a la hora de encontrar trabajo en el que me he hecho llamar Jose en las entrevistas. De hecho al cabrón de Jose siempre suelen contratarlo (a Pepe, no, aunque tampoco se ha probado hasta el momento). Ya a los meses, desvelo mi verdadera identidad, que es un poco como Klart Kent quitándose las gafas. Ninguna sorpresa.
Yo que por lo general soy serio, me han puesto un nombre de mierda para mantener este rictus: Pepe. Básicamente son dos consonantes pegadas. Y con lo fácil que parece, aun así he hablado con extranjeros que lo pronunciaban como si escupieran un shawarma.
¿Y cómo es posible que un nombre, que no significa nada, me afecte así? Porque son dos sonidos sin más (perfecto para un perro), los nombres no significan nada, aunque casi todos provienen de algo (Alba), digamos que porque es un referente que se basa en su simpleza. No puede haber nada más simple, porque lo siguiente más simple son de las (muchas veces) segundas palabras que aprende un bebé (o de las siguientes necesidades primarias…).
Bueno, ser guapo/a tampoco significa nada pero bien que gusta.
Quizá con otras dos consonantes pegadas me habría ido mejor. Quizá dos emes podría dar gusto al decirlo pero dos bes sería más cariñoso. Dos erres joderían a muchos franceses. Dos ques sería una pregunta ante un hecho inesperado. Dos eses y hablar parsel. Dos yes, una chica. Dos enes, muy jienense. Dos tés es casi un café. Dos haches y
Hay algunos momentos en los que Pepe me engrandece. Es verdad, no es un nombre que, en fin... infunda respeto. Pero hay algunos momentos en los que, cuando yo me siento grande, siento que me han puesto una máscara que se me queda pequeña.
Para que se me entienda, es justo lo opuesto a un gatillazo de Alejandro Magno.
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